Samuel entre los mito
SAMUEL ENTRE LOS MITOS
Por José Iván Cardona Gómez
El terremoto y la búsqueda
El suelo de Guapi
había temblado furioso. Las casas de madera crujieron, las tejas se
desplomaron, y el río, testigo eterno, parecía murmurar un lamento. Entre el
polvo y los gritos, Samuel, un niño de diez años, buscaba desesperado a su
abuelito.
El aire
estaba lleno de ecos: llantos, rezos, y también cantos improvisados que la
comunidad entonaba para darse fuerza. Samuel, con su linterna pequeña y una
mochila colgada al hombro, decidió que no podía quedarse quieto. Tenía que
encontrarlo.
Mientras
avanzaba por las calles quebradas, escuchó a un grupo de mujeres que, para
calmar a los niños, improvisaban una décima:
Tiembla
la tierra y el río,
pero
no tiembla la unión,
Guapi
guarda la canción
que
nos sostiene en el frío.
Samuel
busca su rocío,
la
voz dulce del abuelo,
y
aunque se quiebre el cielo
la
esperanza lo acompaña,
porque
en la tierra guapiana
la
memoria es su consuelo.
Samuel se
detuvo un instante. El canto le dio valor. Recordó las palabras de su abuelo: “Cuando
la tierra habla, hijo, hay que escucharla con respeto, porque también nos
enseña.”
Con esa
frase en el corazón, siguió caminando. El polvo aún flotaba en el aire, pero él
ya había tomado una decisión: no solo iba a buscar a su abuelo, también iba a
escuchar las historias que el camino le ofreciera.
El pescador y el Mohán
Samuel
avanzaba por la orilla del río Guapi. El agua, aunque turbia por el movimiento
de la tierra, seguía su curso con la calma de siempre. Allí encontró a un
pescador de piel curtida por el sol, sentado en su canoa, reparando las redes.
El hombre lo miró y le dijo:
—Muchacho,
¿qué buscas con esa cara de tormenta?
—Busco a mi
abuelito —respondió Samuel—. El terremoto lo dejó perdido y no sé dónde está.
El pescador
asintió con gravedad y, mientras acomodaba su remo, comenzó a cantar en décima:
En
el río vive un hombre,
barbudo
y de gran poder,
quien
cuida todo el saber
que
el agua guarda en su nombre.
El
Mohán tiene renombre,
castiga
al que la daña,
y
con fuerza lo regaña
si
ensucia o roba el caudal,
porque
el río es manantial
que
sostiene nuestra entraña.
Samuel
escuchó con atención. El canto parecía fluir como el mismo río. El pescador
entonces le preguntó:
—Dime, niño,
¿qué crees que significa que el Mohán cuide el agua?
Samuel pensó
un momento y respondió: —Que el agua es vida, y si la dañamos, nos castigamos a
nosotros mismos.
El pescador
sonrió. —Así es. El Mohán no es solo un mito, es la voz de la naturaleza que
nos recuerda que debemos respetarla.
Samuel
guardó esas palabras en su corazón. Aunque aún no encontraba a su abuelo,
sentía que cada encuentro le estaba enseñando algo importante.
La cantora y la Llorona
Samuel llegó
a la plaza de Guapi, donde la comunidad se reunía para compartir alimentos y
palabras de consuelo tras el terremoto. Allí escuchó la voz de una cantora, que
con su canto profundo relataba una historia antigua.
La mujer,
vestida con un pañuelo colorido, entonó un romance que estremeció a todos los presentes:
Por
la orilla del río vaga,
una
sombra que nunca descansa,
llora
hijos que ya no están,
llora
penas que nunca se acaban.
Dicen
que en noches de luna
su
voz se escucha lejana,
y
quien la oye comprende
que
el dolor también enseña.
Samuel se
acercó, intrigado. La cantora lo miró con ternura y le preguntó:
—Niño, ¿qué
crees que siente la Llorona cuando llora?
Samuel pensó
y respondió: —Siente tristeza, pero también nos recuerda que debemos cuidar a
quienes amamos.
La cantora
asintió. —Así es. La Llorona no solo es un espíritu, es un espejo de nuestros
miedos y de nuestro amor perdido.
Samuel
comprendió que cada historia era más que un relato: era una enseñanza escondida
en las lágrimas, en los cantos y en la memoria de su pueblo.
El maestro de tambor y la Madremonte
Samuel
siguió su camino hasta un rincón donde la comunidad se reunía para levantar el
ánimo con música. Allí encontró a un maestro de tambor y marimba, un hombre de
sonrisa amplia y manos fuertes que hacían vibrar la madera como si hablara.
El maestro
lo miró y dijo: —Niño, la tierra nos habló con fuerza, pero también nos
recuerda que debemos cuidarla. ¿Has oído hablar de la Madremonte?
Sin esperar
respuesta, comenzó a tocar un ritmo profundo y narró en décima:
Madremonte
es guardiana,
del
bosque y de la montaña,
si
alguien rompe su entraña
ella
misma lo reprende.
Con
su fuerza nos defiende,
del
daño y la destrucción,
y
en su sabia protección
nos
enseña a respetar,
que
la selva hay que cuidar
como
madre en bendición.
Samuel
escuchó fascinado. El tambor parecía latir como un corazón, y la marimba se
unía con notas que recordaban al viento entre los árboles.
El maestro
entonces le preguntó: —¿Qué valores crees que nos enseña la Madremonte?
Samuel
respondió con seguridad: —Que debemos cuidar la naturaleza, porque ella nos da
vida.
El maestro
sonrió satisfecho. —Exacto. La Madremonte es más que un mito, es la voz de la
selva que nos recuerda que somos parte de ella.
Samuel
siguió su camino con la certeza de que cada historia lo acercaba más a
comprender el mundo y a encontrar a su abuelo.
La niña del monte y la Patasola
Samuel se
adentró en un sendero rodeado de árboles altos y espesos. El monte parecía
guardar secretos en cada sombra. Allí encontró a una niña de su edad, con
mirada vivaz y un tamborcito pequeño colgado al cuello. Ella lo saludó con
alegría:
—¿Buscas a
alguien, viajero?
—Sí
—respondió Samuel—, busco a mi abuelito.
La niña
asintió y, sin más, comenzó a improvisar:
En
la selva apareció,
una
mujer sin dos pies,
con
un grito que a la vez
espantó
al que la miró.
Dicen
que sola quedó,
por
castigo de su engaño,
y
que causa gran daño
a
quien entra en su terreno,
porque
guarda su veneno
en
la noche del extraño.
Samuel
escuchó con atención, imaginando la figura de la Patasola entre los árboles. La
niña entonces le preguntó:
—¿Qué parte
del relato te ayuda a imaginar cómo es la Patasola?
Samuel
respondió: —El grito y que tiene un solo pie. Eso me da miedo, pero también me
hace pensar que está sola y triste.
La niña
sonrió. —Así es. La Patasola es un aviso: nos recuerda que no debemos entrar al
monte con engaños ni con maldad.
Samuel
siguió su camino, con la imagen de la Patasola en su mente, aprendiendo que
incluso las figuras más temibles guardan enseñanzas.
La tarde
caía sobre Guapi y el cielo se oscurecía. Samuel, con su linterna apagada para
ahorrar batería, caminaba cerca del río cuando el viento comenzó a soplar con
fuerza. Las nubes se arremolinaron y pronto la lluvia cayó con furia,
acompañada de relámpagos que iluminaban el agua.
El niño
buscó refugio bajo un árbol grande, pero el trueno lo hizo temblar. En ese
momento, recordó las voces que había escuchado en su camino:
- El pescador le había hablado del Mohán,
guardián del río.
- La cantora le había cantado sobre la Llorona,
que lloraba por sus hijos.
- El maestro de tambor le había enseñado la
fuerza de la Madremonte.
- La niña del monte le había narrado la
advertencia de la Patasola.
Samuel cerró
los ojos y pensó: “Cada historia me ha dado una enseñanza. El Mohán me recuerda
que el río es vida. La Llorona me enseña a cuidar a los que amo. La Madremonte
me pide respetar la naturaleza. La Patasola me advierte que no debo engañar ni
dañar.”
La tormenta
rugía, pero Samuel se sintió acompañado. Era como si las leyendas se hubieran
convertido en voces protectoras que lo guiaban en la oscuridad.
Entonces,
improvisó una décima para darse valor:
La
tormenta me rodea,
pero
no me vencerá,
porque
el canto quedará
como
luz que me desea.
El
Mohán siempre me vea,
la
Llorona me aconseja,
Madremonte
me protege,
la
Patasola me advierte,
y
aunque la noche sea fuerte
la
esperanza nunca deja.
Con esa
décima en sus labios, Samuel resistió la tormenta. Cuando el cielo comenzó a
aclarar, supo que debía seguir adelante: su abuelo lo esperaba en algún lugar.
El centro de salud improvisado
Después de
la tormenta, Samuel siguió caminando con paso firme. El aire olía a tierra
mojada y a madera recién cortada: la comunidad estaba levantando refugios y un centro
de salud improvisado con tablas, lonas y manos solidarias.
Al entrar,
vio a varias personas heridas siendo atendidas por voluntarios. Su corazón
latía con fuerza. Entre las camas improvisadas, reconoció una voz: era la de su
abuelo.
—¡Abuelito!
—gritó Samuel, corriendo hacia él.
El anciano,
con una venda en la frente, pero los ojos llenos de vida, lo abrazó con
ternura. —Sabía que vendrías, hijo. Tu valentía me ha encontrado.
Samuel,
emocionado, quiso compartir lo que había aprendido en su camino. Le contó las
historias del Mohán, la Llorona, la Madremonte y la Patasola, y cómo cada una
le había enseñado algo sobre la vida, el amor y la naturaleza.
El abuelo lo
escuchó con atención y luego, con voz pausada, le narró una historia propia:
Cuando
la tierra retumba,
no
se quiebra la memoria,
porque
el canto es la victoria
que
en el alma siempre alumbra.
El
dolor nunca derrumba
si
la unión nos acompaña,
y
aunque tiemble la montaña
la
esperanza se levanta,
porque
Guapi se agiganta
cuando
el pueblo se hermana.
Samuel
comprendió que el encuentro no era solo físico: era también espiritual. Su
abuelo le estaba mostrando que las historias son medicina, que curan el miedo y
fortalecen la esperanza.
El
canto de la memoria
El sol
volvió a salir sobre Guapi. La comunidad, reunida en la plaza,
levantaba sus voces para agradecer la vida y la resistencia. Samuel, junto a su
abuelo, escuchaba cómo los tambores y las marimbas se mezclaban con las voces
de hombres, mujeres y niños.
Era un
canto colectivo improvisado, que resonaba como un himno de esperanza:
Guapi canta su memoria, con tambor y con unión, cada historia es bendición que se guarda en la victoria. El dolor no borra historia, ni la fuerza de la gente, porque el canto está presente como río que no muere, y la voz siempre se quiere cuando el pueblo está consciente.
Samuel
miró a su abuelo, que sonreía con orgullo. Comprendió que las leyendas que
había escuchado —el Mohán, la Llorona, la Madremonte y la Patasola— no eran
solo cuentos: eran raíces vivas que mantenían unida a la comunidad.
El
abuelo le dijo:
—Hijo, las historias son como semillas. Si las guardas en tu corazón crecerán y
darán fruto.
Samuel
asintió. Sabía que su viaje no había sido en vano. Había encontrado a su
abuelo, pero también había encontrado algo más: la certeza de que la memoria de
su pueblo vive en el canto, en la palabra y en la unión.



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