EL SONIDO DE LAS PIEDRAS
EL
SONIDO DE LAS PIEDRAS
Por José Iván Cardona Gómez
Capítulo I – El Río
Meléndez
La ciudad
despertaba con la humedad pegada a las paredes, un calor húmedo que parecía no
dar tregua y que se mezclaba con el olor metálico de la sangre que aún flotaba
en el aire. Cali, a las seis de la mañana, era un rumor de buses viejos y
motocicletas que se abrían paso entre calles estrechas, un murmullo constante
que se confundía con el canto de los vendedores ambulantes y el eco de radios
encendidos en las casas de ladrillo. En la Comuna 18, el río Meléndez
arrastraba basura, hojas secas y silencio, pero también arrastraba imágenes
podridas: bolsas plásticas flotando
como epitafios anónimos, ramas que golpeaban las piedras con un sonido hueco,
como si el agua misma quisiera narrar lo que había visto.
El hallazgo fue
rutinario solo en apariencia. Los agentes de la SIJIN, acostumbrados a la
violencia como paisaje, se detuvieron frente a un cuerpo joven, femenino,
marcado por veintidós heridas de arma blanca. La ropa desgarrada hablaba de
lucha, las huellas de arrastre en la ribera eran cicatrices sobre la tierra
húmeda. El oficial encargado anotó en su libreta: “Posible
feminicidio. Víctima embarazada.” Pero el
dictamen forense posterior revelaría algo más atroz: una cesárea artesanal,
ejecutada con manos torpes y crueles, la extracción de una bebé que murió horas
después por falta de incubadora. Agua refrescante corría sobre las piedras, pero no limpiaba la
sevicia; la lluvia se evaporaba al caer sobre los capós
calientes de los carros, como si la
ciudad misma quisiera borrar las huellas del crimen y al mismo tiempo
conservarlas en su memoria ardiente.
Capítulo II – La Víctima
María Celina Portela
tenía veintiún años y llevaba en su vientre ocho meses de esperanza.
Estudiante, hija de una familia trabajadora, amiga cercana de un pequeño
círculo de confianza. Su embarazo era visible en cada gesto: en la manera en
que se detenía a mitad de una calle empinada para recuperar el aire, en la
forma en que acariciaba su vientre como si ya sostuviera a la hija que
esperaba. Cada movimiento era un pacto silencioso con el futuro.
Los informes
oficiales la describen con frialdad: “Sexo femenino, 21 años, estado
de gestación avanzado, sin antecedentes judiciales.” Pero detrás de esas líneas impersonales había una
vida en construcción. Sus sueños eran modestos: terminar estudios, conseguir un
empleo estable, ofrecer a su hija un futuro distinto al suyo. En su cuaderno
escolar, escribía el nombre de Alina rodeado de flores dibujadas con bolígrafo
azul. Ese cuaderno, que debía ser un registro de ilusiones, se convirtió en un
testamento involuntario.
Su familia la
recuerda como alguien perseverante, aunque marcada por dificultades económicas.
Había aprendido a enfrentar la precariedad con resiliencia, apoyándose en su
madre y en un par de amigas que compartían confidencias sobre maternidad y
proyectos juveniles. En las tardes, cuando la lluvia se
evaporaba al caer sobre los capós calientes de los carros, ella hablaba de la bebé con una sonrisa fácil, como
si el mundo entero pudiera ser transformado por la llegada de una nueva vida.
El contraste
entre sus sueños y el desenlace es lo que convierte su historia en símbolo. La
maternidad, que debía ser un espacio de protección, se transformó en
vulnerabilidad extrema. El crimen no solo arrebató una vida, sino también la
promesa de otra. El sonido de las piedras en el río, golpeadas por la corriente, parecía
repetir su nombre en silencio.
Capítulo III – La
Conspiración
El plan se
construyó sobre una figura engañosa: la madre sustituta. Yadira Cárdenas fingía
embarazo para presentarse como compañera de camino, alguien con quien compartir
la experiencia de la maternidad. Esa fachada, tejida con mentiras y gestos
ensayados, le permitió acercarse a María Celina, ganarse su confianza y abrir
la puerta a la conspiración.
La motivación
principal era la apropiación de la bebé. Cárdenas deseaba presentarse como
madre, y para ello necesitaba un recién nacido. El crimen fue concebido como un
medio para suplir esa carencia, disfrazado de afecto, pero ejecutado con
cálculo. El dinero —cuatro millones de pesos— funcionó como incentivo para los
demás implicados, quienes aceptaron participar en la operación como si se
tratara de un encargo más en la economía subterránea de la ciudad.
Los chats
revelados por la Fiscalía mostraban la frialdad con que se discutía la muerte: “En
esa casa se muere ella de una vez”,
escribió alias Nairo. Y cuando Yadira dudaba, él respondía con crudeza: “Eso
de un solo golpe no se muere, eso solo se ve en las películas.” La violencia no era improvisada, era método. Cada
mensaje era un ladrillo en la arquitectura del horror. Imágenes
podridas flotaban en esas palabras, como
si la planificación misma estuviera contaminada por la podredumbre moral.
Los implicados
compartían tres motivaciones: el pago económico, la lealtad criminal y la
complicidad vecinal. Conocían el territorio, sabían las rutas de escape,
dominaban los puntos ciegos. Alias Elías cumplió el rol de campanero, vigilando
el perímetro mientras dentro de la vivienda se desarrollaba el macabro plan. El
sonido de las piedras golpeadas por el
río Meléndez parecía anticipar el destino final del cuerpo, arrastrado hacia la
ribera.
Capítulo IV – El Expediente
La carpeta
marcada como Caso Potosí se
abrió en la mesa de la Fiscalía el 20 de julio. Era un objeto físico, pesado,
con olor a papel húmedo y tinta vieja, un archivo que contenía vidas reducidas
a informes. El fiscal Ramírez, acompañado por dos investigadores de la SIJIN,
comenzó a ordenar las pruebas con la precisión de un relojero.
Durante las
audiencias, los acusados fueron captados riéndose frente a la cámara,
cubriéndose el rostro para disimular. Aquella burla no era insolencia: era la
confirmación de una sociopatía cultivada en una sociedad que enseña a ver la
vida como objeto desechable. El juez Herrera tuvo que exigir compostura y
respeto, pero la risa ya había dejado su huella: un gesto mínimo que desnudaba
la podredumbre.
El expediente
contenía un informe forense que describía con crudeza la cesárea artesanal: un
procedimiento clandestino, ejecutado en condiciones insalubres, que terminó con
la muerte de la bebé por falta de incubadora. Agua refrescante corría en las calles de Cali aquella mañana, pero no
alcanzaba a limpiar la sevicia registrada en esas páginas. El
agua se evaporaba bajo el calor de Cali, como si la ciudad intentara borrar las huellas del
horror, aunque en realidad las conservaba en su memoria ardiente.
Capítulo V – La Ciudad
Cali era un
cuerpo vivo, sudoroso, que bailaba, aunque estaba marcado por cicatrices. Una
urbe que respiraba música y calor, pero también cifras que revelaban su rostro
más oscuro: 53 homicidios en la Comuna 18 entre enero y julio de 2026. El caso
Potosí no fue un hecho aislado; fue un síntoma de una enfermedad social que se
repite con variaciones mínimas en distintos barrios.
La diferencia
entre psicópatas y sociópatas se volvía palpable en cada esquina: los primeros,
calculadores, capaces de planear con frialdad; los segundos, impulsivos,
arrastrados por la inmediatez de la gratificación. El sonido de
las piedras golpeadas por el río
Meléndez era un recordatorio de que la violencia no era un accidente, sino un
pulso constante bajo la piel de la ciudad.
Un cronista
escribía desde un café en San Antonio: “Afuera, Cali bulle con
música y motos, pero en mi libreta solo hay cifras: 53 homicidios en la Comuna
18, un feminicidio que se volvió expediente. El caso Potosí no es un hecho
aislado, es un espejo.”
Capítulo VI – La Presión Política
El caso Potosí se convirtió en materia de debate
nacional. En Bogotá, los pasillos del Congreso resonaban con cifras que
buscaban explicar lo inexplicable: 53 homicidios en la Comuna 18, perfiles de
jóvenes atrapados en la violencia, mujeres víctimas de feminicidio. Los
políticos transformaban el dolor en estadísticas, la sangre en argumentos.
El presidente habló de endurecer penas contra
feminicidas y abusadores de menores, presentando la violencia urbana como
justificación para reformas punitivas. Los congresistas, divididos, usaban los
perfiles de los acusados como ejemplos de “descomposición social”: el
manipulador, el violento impulsivo, el dependiente obediente, el calculador
frío. Cada perfil se transformaba en metáfora política, un recurso retórico que
servía para alimentar discursos, pero no soluciones.
Aquí se desmonta el mito del criminal brillante. No
eran mentes maestras, sino individuos miopes, incapaces de planear a largo
plazo. Su inteligencia maquiavélica les permitía manipular, leer
vulnerabilidades, imitar emociones, pero su egocentrismo los condenaba a dejar
pistas evidentes. El sonido de las piedras golpeadas por el río Meléndez era
más honesto que los discursos políticos: recordaba que la violencia no era un
concepto abstracto, sino un cuerpo mutilado, una bebé arrancada de su madre,
una risa insolente en una audiencia judicial.
Agua refrescante corría por las calles calientes de
Cali, pero en los salones alfombrados del Congreso el frío congelaba los huesos,
como si la distancia entre la ciudad y la política fuera un abismo imposible de
cruzar.
Capítulo VII – La Memoria
Las velas encendidas en Cali no eran simples
llamas: eran voces. Cada luz titilante llevaba el nombre de María Celina, cada
flor improvisada en la ribera del río Meléndez era un gesto de resistencia
contra el olvido. El aire húmedo de la ciudad se llenaba de murmullos, de
rezos, de canciones improvisadas que se confundían con el sonido de las piedras
golpeadas por el agua. Agua refrescante se bebía, pero no alcanzaba a limpiar
la herida abierta en la memoria colectiva.
La víctima dejó de ser un expediente. Su historia
se convirtió en símbolo, en bandera, en advertencia. La memoria de María Celina
y de su hija Alina trascendió los informes forenses y las declaraciones
oficiales: se volvió un fuego compartido, imposible de apagar. La lluvia se
evaporaba al caer sobre los techos de lata de las casas de Cali.
En las calles, la indignación se mezclaba con
esperanza. Cada marcha, cada velatón, era un recordatorio de que la sociedad no
estaba dispuesta a aceptar la impunidad como destino. Imágenes fétidas flotaban
en los discursos oficiales, pero en las manos de las madres que levantaban
pancartas improvisadas había otra verdad: la memoria como arma, la memoria como
escudo.
Un periodista cronista escribió: “El caso Potosí
no es un expediente, es un grito. Mientras la política discute reformas, las
calles dictan otra sentencia: recordar para resistir.” Una amiga cercana
murmuraba: “Cada vez que pronuncio su nombre siento que la acompaño en el
camino que no pudo recorrer. Alina era un sueño, ahora es una llama que no se
apaga.”
El crimen intentó apagar dos vidas, pero encendió
un fuego que se niega a morir. El sonido de las piedras en el río Meléndez
parecía repetir sus nombres en silencio. La memoria se convirtió en arma contra
la impunidad, en escudo contra el olvido, en promesa de justicia.
Epílogo – La Memoria Como
Justicia
El expediente Potosí quedó archivado en la Fiscalía
con sellos y firmas. Los nombres de los implicados, las pruebas forenses, los
testimonios, todo estaba contenido en carpetas que algún día podrían perderse
en la burocracia. El archivo olía a polvo y tinta, pero cada página era un
espejo de sevicia. Sin embargo, la verdadera sentencia no estaba en esos
documentos: se escribía en otro lugar, en las calles, en la conciencia
colectiva.
El progenitor ausente reconocía su culpa en el
silencio: “No fui parte del crimen, pero fui parte de la ausencia que la dejó
vulnerable. Cada vez que se pronuncia su nombre, escucho también el mío, como
un eco de lo que no hice.”




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